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jueves, 29 de junio de 2017

ÁMBAR, Capítulo I.La cabra siempre tira al monte


                  

                                      Capítulo I
                      La cabra siempre tira al monte
Amanece que nos es poco decía no sé quién… echaba de menos mi época de vino y rosas pero no me apetecía empezar de nuevo…pura pereza…aunque a lo mejor sí pero no me daba cuenta…
La vida transcurría tranquila , demasiado tranquila, y el mundo, nuestro mundo , se me hacía demasiado pequeño….demasiados temores, que aquí el miedo es una segunda piel adosada permanentemente al Alma eslava, y era feliz, éramos felices, pero alguien acostumbrado a una vida nómada, y de asfalto para el reposo, no encontraba por ningún lado el gusto por el campo y la huerta aunque a Olga le pareciera, después de tanto sufrimiento, aquel paraíso terrenal en el que Eva y Adán comían manzanas empujados por aquella serpiente puñetera…no se me daba bien embotar a todo correr en Verano todas las bayas del mundo para comerlas despacio en Invierno y mucho menos recogerlas…soy más de supermercado, no es tan natural, ni tan barato pero es más cómodo…
Es cierto que Rusia huele a trigo verde, a hierba recién segada, a campo y sudor…también es cierto que , durante algún tiempo, me gustaba aquello pero no lo es menos que los días eran tan previsibles que llegaban , a veces , a hacerse odiosos…envidiaba a aquel Paco Umbral que iba a buscar el pan cada mañana y se encontraba con Nadiuskha y mucho más su obra literaria porque siempre quise ser escritor pero resulta que no tenía inspiración, y es sabido que los artistas sin ella no somos nada…solo faltaba que el marido de Yulia me llevara a pescar…claro que el Baikal no es cualquier cosa aunque no se pescara nada…y me decía que si llegaba la propuesta me lo pensaría , pero era demasiado respetuoso conmigo así que tendría que proponérselo yo.
Me gustaba ir dando un paseo en cualquier época del año al hotel Art House. Una cadena internacional lo mantenía en aceptables condiciones de todo tipo teniendo en cuenta que estaba incrustado en la mansión Bichikanov del siglo XVIII, situado en la ribera derecha del río Angara antes de que este calmase la sed del gran Yeniséi,  y que tenía un café más que aceptable aunque cuando lo pedía con leche la camarera , demasiado pizpireta para su edad, me miraba con ese gesto tan ruso que venía a decir que los extranjeros estábamos como un cencerro, lo que , en mi caso, era cierto…lo único malo que tenía el susodicho alojamiento era que estaba al otro lado del río con lo que , en ocasiones invernales, el paseo había que darlo aceleradamente  y entre los crujidos que salían de mi boca al congelarse al contacto con la atmosfera mi aliento, en ese efecto que algunos llaman “ los suspiros del Yeti”. Estos paseos acelerados estaban de sobra compensados por la maravillosa floración de la Primavera y el Otoño ocre que cubría las dos orillas del río llenándole de pura Poesía, de puro deleite para la vista.
En verano demasiado calor , no solía ir a por mí café y a engancharme a internet porque la cafetería  se llenaba de una variopinta fauna entre guiris en busca de mamuts, que algunos creían que aun andaban por las calles, ecologistas de salón que venían a salvar al lago sagrado Baikal de los excesos humanos, aventureros de chichinabo, fotógrafos freelances en busca del éxito que les sacara del anonimato y la pobreza, y chinos cargados hasta las trancas de productos marca “La bandurria”…que montaban su mercadillo particular pagando previamente a todo chichirimundi una espléndida propina para que miraran para otro lado.
El zoo lo completaban algunas mozas aspirantes a modelos que, no sabía por qué, pensaban que allí encontrarían a un agente americano que haría que sus sueños se cumplieran…Solo encontraban a unos mamoncillos con pelo largo que las hablaban de la pérdida del espíritu revolucionario de Lenin poniendo cara de sufrimiento, o de estar estreñidos, con la sana intención de llevárselas al huerto, no precisamente el de Getsemaní, y sin hacerlas una triste foto que alimentara sus anhelos de gloria efímera en papel cauché…así, chavales, no hay forma, me decía yo moviendo la cabeza en ese gesto universal de la negación. No sabían que hacía años que los rusos habían cambiado la hoz y el martillo, cosas para turistas, por la hoz y el Martini, rojo, claro…
Al final el hotel parecía un camping para mochileros y la tranquilidad habitual se convertía en una torre de Babel en la que nadie entendía más que el lenguaje universal de los gestos, menos mi camarera favorita a la que de vez en cuando y por probar a ver qué pasaba, la guiñaba el ojo o la hacía una reverencia a la vez que la decía buenos días…pero no pasaba nada, la sutileza no era su punto fuerte y creo que el sentido del humor tampoco. No me quedaba otra porque para conectarme a Internet, ella debía de desconectar de su clavija un teléfono y poner la mía y de paso avisar al FSB[1] con lo que se apuntaba un tanto muy valioso. Me la imaginaba diciendo algo así como “El que vive con la hija de Beria, el extranjero, está conectado…”. No solo no me importaba sino que me divertía, que mis secretos eran tan confesables que daban risa, pero Rusia funciona así, con lo que seguir el juego haciéndome el bobo no era nada difícil, hasta la cara me salía muy natural.
Conocía de memoria la ciudad después de dos años de retiro espiritual o lo que fuera.
Irkutsk, ciudad más conocida por los Decembristas que por otra cosa…Decembristas así llamados porque fue en Diciembre de 1825 cuando se sublevaron contra el Zar, Decembristas que eran oficiales del Ejército, pertenecientes a la aristocracia rusa y formados en Francia desde  donde exportaron las ideas de la France y su revolución, pero los gabachos, siempre hacen lo mismo y esta vez no sería una excepción, se olvidaron algún detalle…les contaron lo de la Liberté, Egalité y Fraternité pero omitieron que para ello había que dar matarile a unos cuantos miles de monárquicos, y sin pestañear, por un procedimiento, muy poco aseado, llamado guillotina y, a poder ser, con amplia difusión y un público ávido de ver cómo funcionaba el invento y cuanto más numeroso mejor, para después pasear cabezas en una pica recordando a los que no habían ido al espectáculo lo que les podía pasar si pedían la devolución de las entradas que no habían utilizado. El método lo perfeccionaron más tarde Lenin y Stalin con notable éxito. Pero la culpa fue de los gabachos que, ya se sabe, andan escasos de sutilité…
¿El resultado? Cinco condenados a muerte y casi una centena de deportados a Siberia y al extranjero en distintas condenas en cuanto al tiempo de duración y, eso sí, con la pérdida de todos sus bienes…y todo por una mala explicación. Y es que la mala leche es universal.
La mayoría de estos oficiales deportados se llevaron a Irkutsk a sus familias y entre todos formaron aquí un centro cultural de lo más selecto de Rusia, dando lugar a un florecimiento en la ciudad que no había tenido ni soñado jamás desde su fundación al principio del Siglo XVII, fundamentalmente reconocible hoy en día por la cantidad de casas y palacios con un inconfundible estilo francés y amansardados edificios, todavía hoy en bastante buen estado de conservación, como la mansión Fainberg o la Casa Europa, y no digamos la casa de María Volkonskaya, verdadera inspiradora del nacer cultural en estos lares, e incluso las famosas casas de madera son especiales en esta parte de Siberia por la riqueza de los marcos de sus ventanas, hechos en madera tallada y policromada que las dan un valor añadido y resultan de una singular belleza.
Del paso de Bakunin  apenas nada… el ideólogo del anarquismo no quedó muy bien parado aquí que los decembristas eran revolucionarios pero menos. De hecho se carteaban con el héroe nacional ruso, el poeta Puskhin, muerto en un duelo a manos de un oficial francés, que ironía más fina, por un quítame allá las faldas de mi mujer Natalia Goncharova.
De una de sus cartas, exquisitamente escritas, en la que se decía algo así como “… de la chispa encendida por vosotros nacerá un nuevo orden...” sacó Lenin la palabra Iskra, chispa, para el nombre del primer periódico revolucionario.
Nuestra casa seguía siendo la misma, al menos exteriormente, porque ese miedo, tan típicamente ruso, no permitía arreglar su exterior para no llamar la atención pero interiormente si habíamos hecho muchos arreglos que nos permitían vivir más que cómodos.
Nuestra cocina era relativamente nueva, se había repartido la planta en piezas separadas, el cuarto de baño era interior aunque con pozo, que no llegaba allí el saneamiento, y un sofá  en la salita de la tele, aunque yo prefería tumbarme en el suelo a verla como hacía de niño con gran cabreo de mi padre que decía que no sabía guardar la compostura…por eso decía Olga que yo era como un osito de peluche porque nunca había abandonado mi alma de niño…un revoque interior, con capa de pintura demasiado llamativa para mi gusto, nos aislaba del frío mejor de lo que se podía imaginar pero es que los rusos en esto de abrigarse y abrigar son unos maestros y saben muy bien lo que hacen.
También los radiadores de aceite habían complementado a la rechka que por otra parte ocupaba un espacio absolutamente necesario para movernos con cierta comodidad y había que reducirla... Por supuesto que el icono seguía en la cocina, el lugar de honor de la casa, aunque su valor era relativo…por razones obvias no pertenecía a la herencia familiar ni era antiguo…
Por encima de aquel decorado de cartón piedra reinaba Olga, absolutamente feliz, complaciente y paciente y, por primera vez en su vida, segura de sí misma y de mi protección o eso parecía. Se afanaba en las tareas de la casa a lo que yo ayudaba en las labores más duras y en hacer los mandados como una excusa más para cruzar el río camino del centro, y yo creo que lo sabía y sabía que me gustaba el paseo y el café mañanero sobre todo por lo que se inventaba, en muchas ocasiones, algo que requiriera mi salida por el simple placer de ver mi cara de alegría…
El panorama, mi panorama, se completaba con alguna visita a Yulia, la hermana de Olga, que seguía viviendo en Sludyanka, y que cuando nos veía abría los ojos como platos, eso que ahora llaman ojiplática, como si no diera crédito a lo que veía, o como si no nos hubiera visto nunca pero ,claro, creía en la Sudba, el Destino, y en ese particular síno vivía la suerte de su hermana que , después de todo lo pasado, tenía su personal cuento de hadas en el que yo, que cosas, era el Príncipe azul, un azul precisamente del tono que a su hermana le gustaba, que ya se sabe que este color tiene demasiados tonos…incluido el galuboi…
¿Era feliz? Si, sin duda, pero no imaginaba mi vejez en aquel lugar, y no porque no me aportara nada, al contrario, sino porque aún no abandonaba sin pena las cosas de la juventud como recomendaba Kypling y lo peor era que Olga lo sabía y no quería hacerla daño por nada del mundo, no se lo merecía y además sin duda la quería pero lo cierto era que nuestros mundos eran muy distintos, distantes, cada uno rehén de su educación, de sus raíces, de sus vivencias, tremendas vivencias en el caso de ella, que se plasmaban en la tranquilidad que significaba para uno esta vida, frente a la necesidad de que “pasara algo” del otro.
A veces pensaba buscar nuevamente a su hijo y traérselo arrastrando por la carretera porque sabía que necesitaba verlo, necesitaba saber que estaba bien pero el elemento estaría muy ocupado en plena picaresca a la rusa para obtener pingües beneficios, espero que sin involucrarme a mi otra vez, y me prometía a mí mismo hacerlo algún día y todavía no comprendía por qué había renunciado a los papeles de Beria salvo porque tuviera otro negocio en marcha del que fuera más fácil obtener réditos que convenciéndome a mí, sobre lo que seguro tendría dudas, aunque yo no tuviera ninguna. Lo pasado,  pasado está y así seguiría. Pero tener un hijo así era como si una espada de Damocles oscilara sobre nuestras cabezas.
Resumiendo, que es gerundio, la cabra,  en este caso yo, Alfredo Vigón, siempre tira al monte y espero que nadie le ponga años al animalito…que echaba de menos el Lada amarillo chillón, más chillón que el tractor de los Zapato Veloz,  de mi amigo Vladimir y que añoraba la mochila que no era precisamente azul.
Es curioso, todos queremos vivir muchos años pero nadie quiere llegar a viejo. Parece evidente que son dos cosas incompatibles, salvo para Matusalén que por la estepa le llamaban Mafusailov...y yo aspiraba a imitarle o a ser eternamente joven aunque fuera como Dorian Grey, a costa de verme cada mañana en un retrato que envejecía mi cara, mi ego y mi alma....

De que Rusia es un gran país no me cabía ninguna  duda y en él vivía yo mi particular aventura terrenal envuelto e imbuido en eso que llaman el Alma Eslava…que encontrarle nombre a las cosas que no entendemos es muy humano, cuando, yo creo, solo hay que sentir esas cosas, medir si nos emocionan o nos cabrean. Y dejarse llevar por ellas como aquel que decía que a Rusia o se la ama o se la odia obviando entenderla. Otra cosa es un vivo sin vivir en mí, como Santa Teresa…        
Desde que en una visita del Patriarca de la Iglesia Ortodoxa a Occidente y se agarró un cabreo de mil pares de Patrones de su Iglesia porque en un mapa antiguo se denominaba a Rusia con el nombre de “Terra Incógnita”, se ha instalado en el resto del mundo mundial un halito de misterio sobre todo lo que sucede o ha sucedido, o está por suceder, en aquellas tierras que nos empeñamos en creer muy lejanas…y es posible que hasta con cierta razón porque el ruso, el eslavo, también cree en los misterios y en los milagros, probablemente porque cuando les falla la Tierra , y les ha fallado en demasía, miran al Cielo, como todos hacemos, y también porque tiene un cierto gusto romántico que convierte en héroes a los poetas o a los actores y viven en un mundo de sueños, imperiales pero sueños.
Me encanta que la gente crea en algo, que sueñe, creo que somos soñadores y que empezamos a morir cuando dejamos de soñar y me cabrean esos falsos investigadores que se dedican a desmantelar mitos y creencias destruyendo la ilusión de la gente. De hecho yo aún creo en Died Maroz, Papá Noel, a pesar de mi corazón Mediterráneo, pero ¿y si fuera adoptado y en realidad me apellidara Romanov? No creo, aunque a veces lo pienso,  pero una vez se lo dije a un amigo en broma y se lo creyó tanto que la supuesta adopción apareció en un periódico brasileño
Su historia está llena de “falsos Dimitris” como aquel que en el llamado Interregno, se presentó como hijo de Iván el Terrible, y que en realidad, se dice, era un monje llamado Grigori, y  acabó con la invasión polaca y como el Rosario de la Aurora y el tal ¿Dimitri? o ¿Gregori? asesinado y sustituido por Boris Godunov que, aunque era un verdadero gafe, al menos dio lugar a una abundante obra literaria y musical. La realidad de todo este embrollo fue que el pueblo prefería creer que era verdadero y que se salvó de la matanza de la familia del tal Iván IV y que los boyardos se aprovecharon para sacar ventajas a cambio de su apoyo. Nada nuevo bajo el Sol.
Otro episodio de este pelaje sería el de la Princesa Tarakanova, que se decía hija de la Zarina Isabel… se topó con Catalina la Grande en su intento y, tras ser llevada a Rusia con engaños de uno de los supuestos amantes de la Cata, el Príncipe Orlov, murió de tuberculosis  en la fortaleza de Pedro y Pablo en Piter sin que los duros interrogatorios a los que fue sometida la apearan del burro. Hoy en día aún son muchos los que mantienen que realmente era hija de Isabel de quien se dice estuvo embarazada dos veces  del Conde Razumovsky, recluyendo a su primera hija en un convento aunque de la segunda, la tal Tarakanova, con nombre de cucaracha[2]… nada se supo hasta su aparición en París con un supuesto testamento en la que se reconocía su condición. Y nada se supo después aunque no resulta extraño porque de existir alguna prueba habría sido destruida sobre la marcha.
La historia de la muerte de Alejandro I está llena de todos los elementos propios de una novela de misterio a la eslava. Muere en Tangarong, a orillas del mar de Azov, oficialmente de malaria, pero ¿Qué tiene de romántico o heroico morir así? Se dice, y seguramente será verdad, que cuando comprueban su cadáver, las medidas antropométricas no coinciden con las de Zar, y aunque sus restos son enterrados junto con los de los demás zares en San Petersburgo, dice la leyenda que no son de él, que el verdadero se refugió en Siberia, que vivió como un stariets, un ermitaño a la rusa, haciéndose llamar Fiodor Kuzmitch. Y yo también lo creo porque me apetece que sea así que para mí es suficiente…
Podríamos estar repasando tantas y tantas historias fantásticas hasta pasado mañana, a cual más bella,  y que entre todas han generado un temor ritual entre los países que llegan a mezclar este sentir popular, este acerbo, hasta con el mismísimo KGB. La ignorancia es atrevida. Todos creemos en algo, esotérico o no, incluso los que no creen en nada, creen en algo…en ese nada…que ya es creer porque muchas veces nada significa mucho.
De todas estas creencias, Rasputín nada de nada a pesar de que su supuesto pene de veinte centímetros se conserva en formol en un museo de la antigua Leningrado, la que más me gusta es la de la princesa, en realidad Gran Duquesa,  Anastasia, la que escapó de la matanza de la familia imperial de Nicolás II en la casa de Ipatiev en Ekaterimburgo. Y digo que escapó porque así lo creo y no quiero creer otra cosa. Mi admirada Anastasia Nikolayevna vive porque lo digo yo que ya es suficiente motivo.
Leo todo lo que cae en mis manos sobre ella, tratando de dar sentido a su final y creyendo que Anna Anderson, probablemente enredada en un sinfín de problemas jurídicos, fue víctima de las circunstancias y no del soviet de los Urales.
Por casualidad vi una película antigua sobre ella protagonizada por Ingrid Bergman y ¡¡¡Yul Brinner!!! del que aún no sabía que era romaní y ruso de Vladivostok.  No sé si fue la magnífica interpretación, mi calurosa imaginación, mi predilección por los personajes caídos en desgracia, los perdedores, o mis tendencias a averiguar la parte de la verdad que me interesa, nunca completa que puede ser hasta peligroso, pero el personaje me fascinó y he leído y leo todo lo que cae en mis manos sobre mi Anastasia, mi heroína de mirada triste. La realidad es que aún no habían aparecido sus restos lo cual era altamente sospechoso por cuanto, lógicamente, deberían haber sido enterrados junto con los de toda la familia de Nicolás.
Al menos es lo que se desprende del relato del carnicero Mijail Medvedev en su libro “Torbellinos hostiles”, mejor manuscrito, en el que se atribuye el mérito del asesinato dejando a los matarifes restantes como simples espectadores. La crueldad del personaje se manifiesta en su testamento en el que legó la pistola que utilizó en los crímenes a Nikita Kruchev, que, en mi opinión, no era mejor que él. Su tumba mancha para siempre el fantástico cementerio moscovita de Novodevichi no muy lejos de la del heredero de su arma, tal para cual, sin que, al menos yo, se sepa el destino último de la pistola de marras.
Hablaba muchas veces con Olga sobre estos y otros muchos enigmas de la Historia rusa y curiosamente estábamos de acuerdo aunque por motivos diferentes.
Ella creía firmemente en lo más profundo de las leyendas como algo consustancial al sufrimiento ruso, algo tenía que haber salido bien, no todo podía haber salido mal, por más que Dostoyevskii dijera que el pueblo ruso amaba sufrir, y yo por lo que ya he dicho, y  porque me apetecía creer, y porque la gustaba a ella que creyera y porque probablemente hubiera una parte de verdad en muchas de ellas, por enrevesado que pareciera,  porque la Historia, no solo de su país sino de todo el mundo, y hablo de la verdadera Historia, hay que conocerla con una buena provisión de tila mezclada con valeriana para que no se nos indigeste.
Olga y yo nos entendíamos muy bien, siempre lo habíamos hecho, pero es que ella había desarrollado un español, rusiñol, como el de los indios en las películas del Oeste cuando decían  “ No creer a casaca azul pero invito a trago en Little Bighorn”,  lugar en donde los escabecharon cual perdices,  que era más que suficiente, y mi ruso prosperaba a pesar de todos los cantamañanas que al saber que era español me hablaban en inglés, idioma que odio y del que solo sabía decir “Gibraltar español” que ese peñón lo llevo clavado en el alma como si fuera una navaja cachicuerna metida hasta el mango en el omóplato.
Nunca hablábamos de su padre, el ínclito Lavrenti, en un pacto ni hablado ni escrito, que no era cuestión de meterse en fangales, que eso ya lo hacía con frecuencia su hermana empeñada en presentarme a su padre como si fuera un personaje de cuento de Navidad…ni tanto como se decía ni tan calvo, que sí lo era, como lo pintaba ella…pero sí alguna vez y con cierta reticencia sobre su hijo, el tal Aleksander Volkov, al que ella llamaba Shasa.
Cuando la conversación se ponía de color panza de burro zamorano yo solía hacer algún comentario del tipo “Parece que va a llover” que era la señal, muy bien captada siempre por ella, de que el tema no debía llegar a mayores, mayores que pasaban porque le buscase como la busqué a ella y es que no hay nada como una mujer enamorada para creer que su pareja es Tarzán de los monos y que lo puede hacer todo.
Además me estaba volviendo supersticioso,  a pesar de que serlo trae mala suerte, y pensaba que no se debe de mentar la soga en casa del ahorcado por razones obvias pero en este caso porque a fuerza de nombrarle acabaría apareciendo…




[1]  FSB. SERVICIO FEDERAL DE SEGURIDAD. Sucesor del KGB desde 1991.
[2] Tarakan significa cucaracha.

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